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JOSÉ GAUTIER BENITEZ -

Caguas, PR 1851-1880

A MIS AMIGOS

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Cuando no reste ya ni un solo grano
de mi existencia en el reloj de arena,
al conducir mi gélido cadáver,
no olvidéis esta súplica postrera:


No lo encerréis en los angostos nichos
que llenan la pared formando hileras,
que en la lóbrega, angosta galería
jamás el sol de mi país penetra.


El campo recorred del cementerio,
y en el suelo cavad mi pobre huesa;
que el sol la alumbre y la acaricie el aura,
y que broten allí flores y hierbas.


Que yo pueda sentir, si allí se siente,
a mi alrededor y sobre mí, muy cerca,
el vivo rayo de mi sol de fuego
y esta adorada borinqueña tierra.


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A PUERTO RICO (Ausencia)

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Puerto Rico patria mía,
la de blancos almenares,
la de los verdes palmares,
la de la extensa bahía.


¡Qué hermosa estás en las brumas
del mar que tu playa azota
como una blanca gaviota
dormida entre las espumas!


En vano, patria, sin calma,
muy lejos de ti suspiro;
yo siempre, siempre te miro
con los ojos de mi alma.
En vano me trajo Dios
a un suelo extraño y distante;
en vano está el mar de Atlante
interpuesto entre los dos.


En vano se alzan los montes
con su manto de neblina;
en vano pardas colinas
me cierran los horizontes.


Con un cariño profundo
en ti la mirada fijo:
¡para el amor de tu hijo
no hay distancias en el mundo!


Y brotas a mi deseo
como espléndido miraje;
ornada con el ropaje
del amor con que te veo.


Te miro, si, placentera
de la Isla separada,
como una barquilla anclada
muy cerca de la ribera.


Da el viento sobre las olas
te lleva en son lastimero,
del errante marinero
las sentidas barcarolas.


Y céfiros voladores
que bajan de tus montañas,
los murmullos de tus cañas,
los perfumes de tus flores.


El mar te guarda, te encierra
en un círculo anchuroso,
y es que el mar está celoso
del cariño de la tierra.


Y yo, patria, que te quiero,
yo que por tu amor deliro,
que lejos de ti suspiro,
que lejos de ti me muero.


Tengo celos del que mira
tus alboradas serenas,
del que pisa tus arenas,
del que tu aliento respira.


Tú das vida a la doncella
que inspira mi frenesí,
a ella la quiero por ti,
y a ti te quiero por ella.


Ella es la perla brillante,
en tus entrañas formada,
tú, la concha nacarada
que guarda la perla amante.


Es paloma que en la loma
lanza su arrullo sentido,
y tú, patria, eres el nido
donde duerme la paloma.


Si yo te vi indiferente,
si mi amor no te decía,
¡ay patria, yo no sabía
lo que es el llorar ausente!


Mas hoy que te ven mis ojos
de tu mar entre las brumas,
como una ciudad de espumas
forjada por mis antojos.


Hoy que ya se lo que vales,
hija del sol y del viento,
que helarse mi sangre siento
con las brisas invernales.


Hoy diera en la tierra hispana,
el oro que el mundo encierra,
por un puñado de tierra
de mi tierra americana.

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A PUERTO RICO (Regreso)

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Por fin, corazón, por fin
alienta con la esperanza,
que entre nubes de carmín,
del horizonte al confín,
ya la tierra a ver se alcanza.


Luce la aurora en oriente
rompiendo pardas neblinas,
y la luz, como un torrente,
se tiende por la ancha frente
de verdísimas colinas.


Ya se va diafanizando
de la mar la espesa bruma;
el buque sigue avanzando,
y va la tierra brotando
como Venus de la espuma.


Y allá sobre el fondo oscuro
que sus montañas le dan,
bajo un cielo hermosos y puro,
cerrada en su blanco muro
mi bellísima San Juan.


Y aunque esa ciudad amada
mis afecciones encierra,
con el alma entusiasmada,
yo no me acuerdo de nada
sino de ver esa tierra.


Perdonadle al desterrado
ese dulce frenesí,
vuelvo a mi mundo adorado,
y yo estoy enamorado
de la tierra en que nací.


Para poder conocerla
es preciso compararla,
de lejos en sueños verla;
y para saber quererla
es necesario dejarla.


¡Oh!, no envidie tu belleza,
de otra inmensa población
el poder y la riqueza,
que allí vive la cabeza
y aquí vive el corazón.


Y si vivir es sentir,
y si vivir es pensar,
yo puedo, patria, decir
que no he sabido vivir
al dejarte de mirar.


Que aunque templado y suave
no vive, no, en el ambiente
el pez de las ondas nave,
ni entre las ondas el ave,
ni yo de mi patria ausente.


¡Patria!, jardín de la mar,
la perla de las Antillas,
¡tengo ganas de llorar!,
¡Tengo ganas de besar
la arena de tus orillas!


Si entre lágrimas te canto,
patria mía, no te asombre,
porque es de amor ese llanto,
y ese amor es el más santo
de los amores del hombre.


Tuya es la vida que aliento,
es tuya mi inspiración,
es tuyo mi pensamiento,
tuyo todo mi sentimiento
que brote en mi corazón.


Que haya en ti vida primero,
cuanto ha de fijarse en mí,
y en todo cuanto venero,
y en todo cuanto yo quiero
hay algo patria de ti.


No, nada importa la suerte
si tengo que abandonarte
que yo sólo aspiro a verte,
a la dicha de quererte
y a la gloria de cantarte.

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¡PUERTO RICO!

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¡Borinquén!, nombre al pensamiento grato
como el recuerdo de un amor profundo,
bello jardín de América el ornato,
siendo el jardín América del mundo.


Perla que el mar de entre su concha arranca
al agitar sus ondas placenteras,
garza dormida entre la espuma blanca
del níveo cinturón de tus riberas.


Tú, que das a la brisa de los mares,
al recibir el beso de su aliento
la garzota gentil de tus palmares;
que pareces en medio de la bruma
al que llega a tus playas peregrinas,
una ciudad fantástica de espuma
que formaron jugando las ondinas.


Un jardín encantado
sobre las aguas de la mar que domas,
un búcaro de flores columpiado
entre espuma y coral, perlas y aromas.


Tú, que en las tardes sobre el mar derramas
con los colores que tu ocaso viste
otro océano de flotantes llamas;
tú, que me das el aire que respiro
y vida al canto que espontáneo brota,
cuando la inspiración en raudo giro
con sus alas flamingueras azota
la frente del cantor; ¡oye mi acento!
El santo amor que entre mi pecho guardo
te pintará su rústica armonía;
por ta lo lanzo a la región del viento,
tu corazón lo dicta al corazón del Bardo,
y el Bardo en él su corazón te envía.


¡Oyelo patria! El último sonido
será, tal vez, de mi laúd; muy pronto
partiré a las regiones del olvido.


Mi juventud efímera se merma,
y ya en su cárcel habitar no quiere
un alma melancólica y enferma.


Antes que llegue mi postrero día
y mi cantar se extinga con mi aliento,
¡toma, patria, mi última poesía!
¡Ella es de mi amor el testamento!
¡Ella el adiós que tu cantor te envía!


Tres siglos ha que el hombre
encerrado en el viejo continente
ni en ti soñaba ni soñó tu nombre.


Tu ser fue una bellísima quimera
a los que vían el confín del mundo
de Thule en la fantástica ribera;
pero sonó una hora en el gigante
reloj que marca su existencia al orbe;
y abrió sus ondas al airado Atlante.


El dedo del destino tocó
de un hombre en la ardecida frente,
y entre las ondas le mostró un camino.
El tan solo quería,
cruzando las regiones del occidente,
volver al sitio donde nace el día;


al viento del azar tendió sus velas
desde el confín del túrbido océano,
y la suerte llevó sus carabelas
a chocar con el mundo americano.


De ese mundo bellísimo fragmento
ere, ¡oh patria!, que en el mar lanzara
un cataclismo al estallar violento;


más trajiste tan sólo su belleza
sin copiar del inmenso continente
la pompa y el horror de su grandeza;


ni el Tigre carnicero,
ni el León, ni el Jaguar en tu montaña
lanzan su grito aterrador y fiero;


ni el Boa se retuerce en la llanura,
ni entre las aguas de tu manso río
turbar la onda transparente y pura
se ve al Caimán indómito y bravío.


Ni arrojas al Atlante
de la playa pacífica, el inmenso
rey de los ríos, Marañón gigante.


Ni tus montes con ruido subitáneo
estremecidos en su base crujen,
cuando con ronco respirar titáneo
el Orizaba y Cotopaxi rugen.


Y no estremece un Niágara tu suelo
al desplomar la inmensa catarata,
en la que el iris, el pintor del cielo,
une a las franjas del luciente plata
oro, y carmín, y púrpura y topacio,
mientras en los cristales se retrata
fiero el cóndor, monarca del espacio.


Tienes,,,, la caña en la feraz sabana,
lago de miel que con la brisa ondea,
mientras su espuma, la gentil guajana
como blanco pulmón se balancea.


Y la palma, que mece en el ambiente,
encerrada en el ánfora colgante,
la ninfa pura de su aérea fuente;


y de tus montes en el ancha falda
donde el cedro y la péndola dominan,
luce el cafeto la gentil guirnalda
del colmo ramo que a la tierra inclinan
las bayas del carmín y de esmeralda.


Tú tienes, sí, tus noches voluptuosas
que amor feliz al corazón auguran
y en un vergel de lirios y de rosas
manantiales de plata que murmuran.
Tórtolas que se quejan en los montes
remedando suspiros lastimeros
palomas y turpiales y sinsontes
que anidan en floridos limoneros.


Todo es en ti voluptuoso y leve,
dulce, apacible, halagador y tierno,
y tu mundo moral su encanto debe
al dulce influjo de tu mundo externo.


Por eso, en aquel día
que abordaron las naves castellanas
a tus bellas riberas, patria mía,
tus tribus aborígenes,
dominando el temor que las llevara
al seno oscuro de tus selvas vírgenes;
tranquilas contemplaron
regresando apacibles a tu orilla,
cómo los brazos de la cruz se alzaron
bajo el rojo estandarte de Castilla


Pura amistad vehemente
unió los hombres que aportó el abismo,
del indio rudo en la tostada frente
cayó la onda sagrada del bautismo.


Después, ya roto el temor el dique,
la llama del amor lució esplendente,
la dulce hermana del primer Cacique
llamó su esposo al paladín de Oriente.


Y tú fuiste el joyel que traspasaba
el casto beso de su amor primero,
del señorial cintillo de Agüeybana
a la corona del monarca ibero.


Y después... y después,,,, nunca mi canto
pinte el hondo luchar de las pasiones,
ni el exterminio, ni la crueldad y el llanto,
mancha de los humanos corazones.


Borremos del error las hondas huellas
que a la infeliz humanidad desdoran,
porque hombre soy... y me avergüenzo de ellas.


Llegó un día fatal de horror y duelo,
que en el del oro tras el torpe lucro
la vil esclavitud manchó tu suelo;
¡y el huracán del golfo americano
dejó las naves abordar tranquilas
a las riberas del jardín indiano!


Y tú, ¡patria!, la perla de Occidente,
¡no te volviste al seno de los mares
para lavar la mancha de tu frente!


Más no en vano en Judea
corrió la sangre de Jesús,
sellando el triunfo de su santa idea;
más no en vano anhelante
camina el mundo por al ancha vía
del progreso adelante;


brilló una aurora de feliz memoria
en que cesaron lágrimas y duelos
borrándose una mancha de la historia,


y mil y mil acentos
dieron tu nombre, ¡Libertad sagrada!,
a los montes, los valles y los vientos.


¡Y ni una sola represalia impía!,
¡ni una venganza profanó tu suelo!
¡Bendiciones y cantos, patria mía,
perdiéronse en las bóvedas del cielo!


¡Extraño cuadro! que en el ancha tierra,
al vencer la opresión en lucha santa,
de entre el lago purpúreo de la guerra
la libertad sangrienta se levanta.


Dios debió sonreír y viendo a su hechura
hacer del paria hermano cariñoso,
y del ángel tomar la investidura
al realizar un acto tan hermoso.


Y bendecirte conmovido y tierno,
porque sólo en tu suelo hospitalario,
al dulce influjo de tu mundo externo
se vio la Redención del Calvario.
Otro paso adelante; sin que vibres
el arma fraticida,
en el concierto de los pueblos libres
se levanta tu voz; savia de vida
y juventud circula por tus venas,
cuando la noble España conmovida
quebranta del colono sus cadenas.


Ya no eres, patria, un átomo perdido
que al ver su propia pequeñez se aterra,
ni un jardín escondido
en un pliegue del manto de la tierra.


Eres el pueblo que su voz levanta
si la justicia y la razón le abona,
que las exequias del pasado canta
y el himno santo del progreso entona.


Tú no serás la nave prepotente
que armada en guerra, al huracán retando,
conquista el puerto, impávida y valiente
las ondas y los hombres dominando;


pero serás la placida barquilla
que al impulso de brisa perfumada
llegue el remanso de la blanca orilla;
que ese es, patria, tu sino,
libertad conquistar, ciencia y ventura,
sin dejar en las zarzas del camino
ni un jirón de tu blanca vestidura.


Y, patria..., si me engaño,
si me reserva mi destino impío
llorar tu ruina y contemplar tu daño;
si he de escuchar tus ecos
devolverme entre lágrimas y horrores
el ronco acento de los bronces huecos;


si fuera mi laúd el destinado
para cantar tu pena y tu agonía....
¡Ah, que le mire pronto destrozado
en mis trémulas manos, patria mía!


Y antes que el mal en tu recinto nazca
y contemplarlo con espanto pueda ....,
¡que disponga el Señor cuando le plazca
de este resto de vida que me queda!


Mas si Jehová le concedió al poeta,
al cantar a su patria y a su destino,
la doble vista del veraz profeta;
si ha de unirse mi nombre con tu historia
para ser el cantor de tu alegría,
para ver el heraldo de tu gloria;


Dios me conceda al verte
de venturas y triunfos coronarte,
¡una vida sin fin para quererte
y una lira inmortal para cantarte!


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